Parche 1.11

Camino a la perdición

os espectros lo teletransportaron de vuelta a la ciudadela y lo guiaron hacia abajo por una serie de pasillos y habitaciones que Kel'Thuzad sabía no podría recordar después. Por fin, en las profundidades de la tierra, él y los espectros entraron en una enorme cueva cuyo frío húmedo se metía hasta los huesos. En el centro de la cueva se encontraba una alta aguja de roca que mareaba al mirarla. Cubiertas por la nieve, unas escaleras de caracol subían hacia la aguja.

Él y los espectros comenzaron el ascenso. Su corazón albergaba emoción y temor a la vez. Cuando se dio cuenta de que sus pasos se hacían más lentos, apretó el paso, pero su resolución no duró mucho. Sentía como si un peso tirara de él. Cierto era que el viaje a través de Rasganorte le había fatigado mucho más de lo que imaginaba.

En la distancia y por encima de él, en lo alto de la aguja, apenas pudo apreciar un enorme fragmento de cristal. Limpio de nieve y de un leve brillo azulado. No había señal del nigromante.

Uno de los espectros utilizaba una gélida ráfaga de viento para empujarlo. Su paso volvía a aminorar. Irritado, dio un tirón de su capa, apretándola contra él y se forzó a continuar subiendo, a pesar de respirar con dificultad.

El tiempo pasaba, y una ráfaga de aguanieve lo devolvió a la realidad. Se había parado en mitad de las escaleras para apoyarse sobre su bastón. El aire era fétido y sofocante, y jadeando, consiguió decir:

—Un momento, por favor.

Uno de los espectros detrás de él dijo: —Nosotros no podemos descansar, ¿por qué deberías hacerlo tú?

Descorazonado, Kel'Thuzad continuó subiendo, intentando ignorar su agotamiento, cada vez mayor. Esforzándose, levantó la cabeza y vio que el tenue cristal se iba acercando. A esta distancia, parecía un trono de forma serrada, con figuras difusas y oscuras en el interior. Alrededor de él podía palparse cierta aura de amenaza.

Los espectros pasaron junto a él rozándolo mientras aullaban. Ecos de aquel sonido resonaron por la cueva. Kel'Thuzad se abrigó con fuerza bajo su capa con manos temblorosas y ateridas. Su respiración se asfixiaba al fondo de su garganta, y sintió la repentina necesidad de salir corriendo.

—¿Dónde está el maestro? —preguntó con voz alta y temblorosa.

No obtuvo respuesta, solo una tormenta de granizo que le dio un latigazo cruel. Se tambaleó y recobró el equilibrio. Con cada paso, el trono cercano sobre él transmitía cada vez más opresión, empujando su cabeza hacia abajo, doblando su espalda. Apenas podía caminar erguido. Poco después cayó al suelo de rodillas.

El nigromante se dirigió directamente a Kel'Thuzad con un tono que no resultaba ni remotamente amable.

Que ésta sea tu primera lección. No siento afecto alguno por ti ni por tu gente. Más bien al contrario, pretendo purgar de Humanidad a este planeta, y no cometer ningún error... y poseo el poder necesario para ello.

Los espectros, implacables, no le permitieron detenerse. A pesar de la humillación, dejó su bastón a un lado y comenzó a arrastrarse. La maldad del nigromante le apretó aún más, hundiéndolo más en la nieve. Kel'Thuzad temblaba aterido, pero... qué equivocación había cometido... qué estúpida e inmensa estupidez. Ya no sentía fatiga, sino miedo... un miedo sobrecogedor.

Nunca me cogerás desprevenido, pues nunca duermo, y como ya habrás averiguado, puedo leer el pensamiento tan fácilmente como un libro. No esperes vencerme. Tu mente endeble es incapaz de manejar la energía que yo manipulo a mi antojo.

Ya hacía tiempo que las ropas de Kel'Thuzad estaban desgarradas, y sus leotardos eran inútiles contra los toscos peldaños de piedra helada. Sus manos y rodillas dejaban marcas de sangre tras él a medida que avanzaba penosamente por la última espiral. El trono irradiaba un frío que se metía hasta los huesos y había niebla alrededor. No era un trono de cristal, sino de hielo.

La inmortalidad puede ser una gran ventaja. También puede ser agonizante, cuyo gusto no has aprendido aún a apreciar. Desafíame, y te enseñaré todo lo que he aprendido del miedo. Vas a suplicar la muerte.

Se acercó unos pocos pasos al trono y ya no pudo avanzar más, clavado sin remedio bajo el aura abrumadora de esa cosa de poder inhumano y odio. Un poder oculto ejercía fuerza sobre él y aplastaba su rostro contra la dura piedra.

—Por favor —se oyó a sí mismo sollozando. —¡¡Por favor!! —suplicó dejando escapar estas palabras.

Por fin la presión cesó. Los espectros se fueron volando, pero sabía que levantarse no era la mejor idea. Dudaba, en cualquier caso, que pudiera hacerlo. No obstante, su mirada buscaba a su torturador.

Un conjunto de armadura pesada se encontraba sentada en el interior del trono, más que sobre él. Kel'Thuzad llegó a pensar que la armadura sería negra, pero, forzando la vista, vio que la luz no se reflejaba en su superficie. De hecho, cuanto más miraba, parecía que devoraba más luz, esperanza y cordura.

El casco, adornado con pinchos, servía de corona. Tenía una gema azul incrustada y, al igual que el resto de la armadura, parecía vacío. En un guantelete, la figura blandía una espada maciza cuyo filo había sido grabado con runas. Aquí yacía el poder... aquí yacía la perdición.

Como mi aprendiz, adquirirás el conocimiento y la magia que sobrepasará tus sueños más ambiciosos. Pero a cambio, vivo o muerto, serás mi servidor el resto de tus días. Si me traicionas, te arrebataré la consciencia y continuarás a mi servicio.

Servir a este ser espectral, o a este Rey Exánime, como Kel'Thuzad había empezado a considerarlo, le otorgaría sin duda gran poder... y maldición para toda la eternidad. Pero esa información la había adquirido demasiado tarde. Además, la perdición no suponía mucho sin la perspectiva de una muerte certera.

—Te pertenezco, lo juro —aseveró con voz ronca.

A modo de respuesta, el Rey Exánime le envió una visión de Naxxramas. Pequeñas figuras vestidas de negro formaban un ancho círculo fuera del glaciar. Sus brazos, visiblemente rodeados de magia oscura, se elevaban y descendían al son de un canto monótono que Kel'Thuzad no podía comprender. La tierra tembló bajo sus pies, pero continuaron lanzando hechizos.

Vas a salir ahí fuera y vas a testimoniar mi poder. Serás mi embajador entre los vivos y reunirás un grupo de seres similares para ejecutar mi plan. Mediante la ilusión, la persuasión, la enfermedad y la fuerza, establecerás mi dominio en Azeroth.

Para sorpresa de Kel'Thuzad, el hielo se desplazó y crujió, y la punta del zigurat perforó el terreno helado. Un edificio surgía del suelo. Mientras las figuras vestidas redoblaban sus esfuerzos, la vasta pirámide proseguía su emergencia imposible. Pedazos de tierra y hielo saltaron por los aires con una fuerza explosiva. Pronto la estructura entera se había despojado del abrazo de la tierra. Lenta, pero segura, Naxxramas se elevó en el aire.

Y ésta será tu embarcación.





Naxxramas

   
   
   

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