nub'arak lo condujo a través de una serie de túneles que llevaban más allá de la tierra. Por fin, Kel’Thuzad y su guía aparecieron dentro de un enorme zigurat cuyo nombre, según dijo Anub'arak, era Naxxramas.
Por su arquitectura, el edificio debía de ser también producto de las criaturas semiarácnidas. De hecho, las primeras cámaras que Anub'arak le mostró estaban pobladas de cosas no-muertas, que vertiginosamente perdían su frescura. Arañas reales también deambulaban por los rincones entre los no-muertos, ocupadas tejiendo telarañas y poniendo huevos.
Kel'Thuzad evitó expresar su repugnancia. No daría esa gran satisfacción al enorme mayordomo. Refiriéndose a uno de los seres arácnidos, dijo: —Tenéis cierto parecido. ¿Pertenecéis todos a la misma raza?
—A la raza nerubiana, sí. Entonces llegó el maestro. A medida que su influencia se extendía, guerreamos contra él, creyendo ingenuamente que teníamos oportunidad de vencer. Muchos fuimos asesinados y resucitados como no-muertos. En vida yo era rey, ahora soy señor de la cripta.
—A cambio de ser inmortal, diste tu acuerdo para servirlo —Kel'Thuzad pensó en voz alta—. Extraordinario.
—Dar su acuerdo implica elegir.
Lo que significaba que el nigromante podría imponer la obediencia de los no-muertos. Kel'Thuzad era, quizás, el único ser vivo en ir hasta allí por voluntad propia. Ligeramente nervioso, cambió de tema. —Este lugar está lleno de los de tu raza. Supongo que eres quien manda aquí.
—Después de mi muerte, guié a mis hermanos para conquistar este zigurat para nuestro nuevo maestro. También supervisé su remodelación para que tuviera su diseño actual. Sin embargo, Naxxramas no caerá bajo mi autoridad. Tampoco lo harán mis hermanos, sus únicos habitantes. Ésta es solo una de sus cuatro alas.
—En ese caso, continúa la visita, señor de la cripta. Muéstrame el resto.
* * * * *
a segunda ala era todo lo que Kel'Thuzad había esperado. Artefactos mágicos, instrumentos de laboratorio, y otros suministros que dejaban en evidencia sus viejos laboratorios. Salas inmensas que podrían albergar todo un ejército de ayudantes. Bestias no-muertas que fueron sagazmente cosidas a partir de un batiburrillo de animales para luego renacer. O incluso unos pocos humanoides compuestos de diversos cuerpos humanos. Las partes humanas no mostraban heridas. Contrariamente a los nerubianos, los humanos no habían luchado contra su destino. El nigromante debía de haber adquirido los cuerpos de algún cementerio cercano. Prudente, para evitar ser descubierto. El Kirin Tor habría actuado sin demora.
Por desgracia, la tercera ala del edificio resultaba menos interesante. Anub'arak le mostró armas y una zona para entrenamiento al combate. A continuación, el señor de la cripta lo guió a través de cámaras plagadas con cientos, no, miles de barriles sellados y de embalajes. ¿Para qué necesitarían en Naxxramas tantos suministros? Bueno, la pirámide estaría bien aprovisionada en caso de asedio.
Al final, él y Anub'arak alcanzaron la última ala. Unos champiñones gigantes crecían en un área ajardinada y despedían vapores nocivos que le revolvieron el estómago a Kel'Thuzad. El suelo entre cada hongo tenía un aspecto malsano, posiblemente enfermo. Al acercarse para observarlo, pisó algo que ahí chapoteaba entre el fango: una criatura de baja talla semejante a un gusano.
Se estremeció y, apresuradamente, continuó. La siguiente sala contenía algunos calderos llenos de un líquido verdoso en ebullición. Con curiosidad, y a pesar del olor hediondo, Kel'Thuzad avanzó un paso, pero, de repente, una enorme garra le bloqueó el paso.
—El maestro desea que permanezcas entre los vivos. Tu hora no ha llegado aún.
Contuvo la respiración. —¿Esa cosa me habría matado?
—Hay muchos que no servirían al maestro estando en vida. El fluido resuelve ese problema—. Ante la mirada en blanco de Kel'Thuzad, el señor de la cripta dijo: —Ven. Te lo mostraré.
Anub'arak lo llevó hasta la celda de dos prisioneros. A juzgar por la sencillez de sus ropas, debían de ser aldeanos. El hombre acunaba en sus brazos a la mujer. Ésta estaba pálida como la cera y bañada en sudor. Ambos vivos, aunque, sin lugar a dudas, la mujer estaba enferma. Kel'Thuzad miró al señor de la cripta con cierta aprensión.
Sus ojos, vidriosos y llenos de desesperación, se encontraron con los de Kel'Thuzad y se iluminaron. —¡Piedad, mi señor! Mi cuerpo no responde. He visto lo que ocurrirá después. Una descarga de llamas es lo que pido de usted. Permítame descansar en paz.
Tenía miedo de convertirse en la esclava del nigromante. Según Anub'arak, no tenía opción. Kel'Thuzad apartó la mirada con inquietud. Después de todo, la mujer no seguiría viva mucho tiempo.
Ésta se zafó de los brazos del hombre y se colgó de las barras. —¡¡Por piedad!! ¡Si no me ayuda, al menos ponga a salvo a mi marido! —rogó llorando desconsolada.
—Tranquila, cariño —le murmuró el hombre detrás. —No te dejaré.
—¡Haz que se calle! —Kel'Thuzad murmuró a Anub'arak con brusquedad.
—¿El ruido te molesta? —Con un fugaz movimiento, Anub'arak lanzó una uña a través de las barras y pinzó a la mujer atravesándole el corazón. Después, el señor de la cripta sacudió el cuerpo, echándolo al suelo.
El marido gritó con agonía. Sintiéndose culpable pero algo aliviado, Kel'Thuzad comenzó a darse la vuelta, pero se detuvo al ver que el cuerpo comenzaba a retorcerse y arquearse contra el suelo de piedra. El hombre, boquiabierto de la impresión, se quedó en silencio.
La piel de la mujer muerta estaba cambiando de color hacia un gris verdoso. Progresivamente, los espasmos cesaron y, con cierta inestabilidad, se puso en pie. Giró la cabeza hacia un lado, y le entró un escalofrío al ver a su marido. —Guardias, saquen a este hombre de aquí —dijo irritada.
Los guardias no se movieron. Con un gruñido, pasó los dedos por su pelo castaño y enredado y Kel'Thuzad observó su rostro con atención. Sus venas se oscurecían bajo su piel, y sus ojos parecían salvajes, como enloquecidos.
Su marido preguntó vacilante —Amor... ¿estás bien?
Una risotada escapó de la mujer, convirtiéndose en un gruñido cuando él dio un paso con vacilación hacia ella. —No te acerques más.
El hombre ignoró su protesta y se acercó a ella, pero ella lo repelió con suficiente fuerza como para mandarlo volando, golpeando las barras de la celda y deslizándose hacia el suelo, aturdido.
—Atrás —sus palabras se estaban volviendo más guturales. —Herirte —se agarró los hombros abrazándose a sí misma y retrocedió hasta chocar contra la otra pared de la celda. —Herirte, herirte —gimió, y algo en sus palabras daba a entender que algo no iba bien.
Sin entender muy bien lo que ocurría, Kel'Thuzad observó cómo levantaba una mano lenta y bruscamente hacia el agujero en su pecho. Se tambaleó, hizo una mueca, trayéndose los dedos a la boca, chupándolos. Después, con un movimiento impreciso, se abalanzó sobre su marido, golpeándolo y enseñando los dientes.
El hombre chilló, y la sangre corrió por el suelo de la celda. Kel'Thuzad se estremeció, pero el hecho de cerrar los ojos no ayudaba... aún podía oír sonidos atroces. Desgarros, descuajos, mordiscos. Un lamento suave de desdicha le hizo temer que la mujer no-muerta era consciente de sus actos hasta cierto punto, pero incapaz de contenerse.
Enfermo y horrorizado, se teletransportó muy lejos de Naxxramas y se alejó un poco, dando tumbos, y vomitó. Tras encontrar un poco de nieve virgen, tomó de ésta a manos llenas y se frotó con insistencia boca y rostro. Sentía como si ya nunca se sintiera limpio. ¿En qué se había metido?
Uno a uno, fue ordenando los dispersos pensamientos dentro de su mente. Al nigromante no solo le interesaba estudiar una especialidad mágica académica y ampliamente condenada, y tampoco iba a cesar de fortalecer a los suyos contra el ataque. Estaba produciendo un fluido en masa que convertía a la gente en zombis. Naxxramas también contaba con un abastecimiento enorme de suministros, armas, armaduras y campos de entrenamiento...
Éstas no eran medidas defensivas, sino preparativos de guerra.
Un aire repentino lo azotó con un grito sobrenatural, y un grupo de fríos espectros surgió ante sus ojos. Ya había leído acerca de ellos años atrás en la Ciudadela Violeta. La vaga descripción de sus figuras nubosas y traslúcidas no mencionaba nada sobre la frígida malicia de sus ojos incandescentes.
Uno de los espectros se acercó y preguntó: —¿Pensándotelo mejor? Como puedes ver, tu pequeño truco no te servirá de nada. No puedes escapar al maestro. En cualquier caso, ¿Qué esperarías lograr? ¿Adónde irías? Es más, ¿quién te creería?
Luchar o huir... esas habrían sido las dos decisiones más heroicas. Heroicas, pero sin sentido. Su muerte no habría servido de nada. Al aceptar convertirse en el aprendiz del nigromante, Kel'Thuzad tendría tiempo para aprender más. Con el entrenamiento suficiente, podría superarlo o pillarle desprevenido.
Asintió con la cabeza al espectro. —Muy bien. Llévame hasta él.